Las personas que engañan tienen un cerebro diferente del de las que dicen la verdad. La evolución favorece menos a los individuos honestos. El estómago detecta mejor el embuste que el corazón. Son algunas de las últimas “certezas” científicas sobre una de las cualidades innatas del ser humano: la mentira. Apréndelas y descubre al infiel.
EL CEREBRO DEL MENTIROSO
"De vez en cuando di la verdad para que te crean cuando mientes", afirmaba el escritor y dramaturgo francés Jules Renard. "No hay mayor mentira que la verdad mal entendida", señaló el psicólogo y filósofo estadounidense William James. Para el escritor y periodista estadounidense Mark Twain "hay tres clases de mentiras: La mentira, la maldita mentira y las estadísticas".
Las últimas investigaciones médicas quizá no sirvan para desvelar si estos personajes tenían algo de razón, pero al menos arrojan algo de luz sobre una de las características más polémicas y señaladas del ser humano: la capacidad de esconder, alterar o disfrazar la verdad.
Ocultar la verdad y fingir son actitudes normales y necesarias entre los humanos, y forman parte de la vida de la inmensa mayoría, pero si este comportamiento se vuelve compulsivo, el individuo padece un trastorno psicológico.
Científicos de la Universidad de California del Sur, en Estados Unidos, han descubierto que el cerebro de los mentirosos compulsivos posee ciertas particularidades en su estructura que los diferencia de las personas que dicen la verdad: tienen en el lóbulo frontal más cantidad de sustancia blanca que de sustancia gris.
Si se compara al cerebro humano con un ordenador, la “sustancia blanca” compuesta por fibras, sería el equivalente de los cables del aparato, en tanto que la “sustancia gris”, formada por neuronas y que conforma la corteza cerebral, equivaldría al disco duro de la máquina.
Ahora, el equipo de los investigadores Yaling Yan y Adrian Raine, ha encontrado la primera prueba de las anomalías funcionales que existen en los mentirosos patológicos.
Algunas investigaciones habían mostrado que hay una mayor actividad en el córtex prefrontal cuando los sujetos normales mienten, pero ésta es la primera vez que se observa con imágenes de resonancia magnética las peculiaridades de los cerebros de los que no pueden decir la verdad, y es el primer estudio que muestra las diferencias estructurales en los mentirosos patológicos.
A los sujetos estudiados se les efectuaron unos exámenes psicológicos y una entrevista personal después de clasificarlos en diferentes grupos: los que mentían de forma repetida, los que mostraban signos de personalidad antisocial, pero no eran mentirosos compulsivos, y los que eran aparentemente normales.
Los expertos analizaron una serie de datos sobre ocupación, educación y familia, observando que los mentirosos patológicos no podían decir siempre la verdad y se contradecían con frecuencia. “Son manipuladores y se aprovechan de la gente", han explicado los autores del singular trabajo.
Después utilizaron una conocida técnica de diagnóstico por imagen, denominada resonancia magnética, para explorar las diferencias cerebrales entre los grupos, descubriendo que los embusteros tienen más sustancia blanca y menos gris.
Según los expertos, "mentir supone un esfuerzo enorme: hay que ser capaz de comprender el pensamiento del otro, suprimir las propias emociones o regularlas para no parecer nervioso y además hay que suprimir la verdad".
La toma de decisiones morales se efectúa en la sustancia gris del lóbulo prefrontal, de la cual los mentirosos compulsivos tiene un 14 por ciento menos, lo que significaría que se preocupan menos por los aspectos morales, son menos capaces de procesar este tipo de pensamientos y tienen una ventaja natural para mentir.
EL ESTÓMAGO DELATOR
Los dispositivos que se utilizan en las pesquisas judiciales podrían unir dos tipos de mediciones para detectar a los individuos que no dicen la verdad: electrocardiograma y electrogastrograma.
Los polígrafos, o aparatos que intentan detectar si una persona miente o dice la verdad, basan sus resultados en la medición del ritmo cardiaco, el cual se altera cuando la persona miente.
Pero un estudio del equipo de Pankaj Pasricha, de la Universidad de Texas, en Estados Unidos, ha descubierto que además del corazón, hay otro órgano que muestra con más precisión la sinceridad de una persona: su estómago, ya que al mentir aumenta significativamente la arritmia gástrica.
Ello se debe a que el tracto intestinal es muy sensible al estrés mental por la estrecha comunicación que existe entre el sistema nervioso central y el sistema nervioso entérico.
Los científicos efectuaron a 16 voluntarios sanos un electrogastrograma y un electrocardiograma simultáneamente, descubriendo que cuando mentían, aparecían variaciones cardiacas al unísono que cambios en el electrogastrograma.
"Si se añadieran mediciones de electrogastrograma a las habituales de electrocardiograma en los polígrafos, mejoraría la efectividad de la detección", ha señalado Pasricha, para quien "la comunicación entre el cerebro y el cerebelo en relación con los movimientos del estómago es más compleja de lo que parecía a primera vista, lo que requiere un estudio más profundo.
LA EVOLUCIÓN FAVORECE AL EMBUSTERO
La mentira forma parte indisoluble del ser humano y la selección natural así lo ha impuesto, según David Livingstone Smith, director del Instituto de Ciencias Cognitivas y Psicología Evolutiva de la Universidad de Nueva Inglaterra, en Estados Unidos.
Para el autor del libro “¿Por qué mentimos?”, "mentir, en un sentido amplio, no es algo exclusivo de los humanos. Hay plantas con flores que parecen avispas hembra para atraer a los machos y que las polinicen, y también serpientes que fingen ser venenosas, así como peces macho que imitan a las hembras, entre muchos otros casos del reino animal.
Las personas mienten porque es una característica básica de los seres vivos, aunque lo hacen mucho mejor que otros animales, porque su inteligencia es poderosa y son capaces de hablar.
“Mentimos para obtener algún beneficio, poder, estatus, dinero, sexo. La gente miente en sus currículos para conseguir trabajos, para evitar pagar impuestos, para tener relaciones extramatrimoniales, y los políticos para mantenerse en el poder”, ha señalado Livingstone Smith.
Para el experto, aunque sea penoso, a menudo los mentirosos ganan en el juego de la vida. La evolución selecciona rasgos que son ventajosos para los individuos, y mentir es ventajoso. Cualquier persona que no sea capaz de mentir está en desventaja, y corre el riesgo de convertirse en un marginado social.
“Desde una perspectiva evolucionista, el uso sensato del engaño es mucho mejor que la honestidad total. Precisamente por eso, nosotros y muchas otras especies somos mentirosos expertos. Pero con esto no estoy diciendo que mentir sea lo mejor desde el punto de vista moral”, ha asegurado el experto americano.
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